jueves 26 de noviembre de 2009

Décima Noche (5/12/2009)




lunes 2 de noviembre de 2009

Novena Noche (30/10/2009)

pablo spiller & elizabeth monteagudo




eduardo muslip





Una de las imágenes que más recuerdo de Maribel es la de ese día anterior a ese retorno a Nueva York, sentada en el medio del living, tranquila, intentando morosamente ordenar un cúmulo increíble de objetos. Aunque sólo había estado en Phoenix por un año, había acumulado muchísimas cosas. Sobre todo ropa, pero también artículos de papelería, cosméticos, y otros más difíciles de clasificar que los habitantes de su barrio de Nueva York. Cuando Maribel va de compras se ve poseída por un espíritu que la impulsa a llevarlo todo, hasta que en algún negocio la cajera le informa que su tarjeta superó los límites o se quedó sin fondos y debe entonces dejar casi todo, o todo, en el mostrador. Yo me senté en un rincón del living, y recorría los objetos, distraído o concentrado en algún pequeño detalle, en la forma o textura de un zapato o en la tapa de alguno de sus libros de teatro chicano. No quería salir del departamento, nuestra cabina refrigerada en medio de la ciudad calcinada bajo el sol de cincuenta grados. Estábamos en Phoenix pero ese día parecía liberado de la presencia de Phoenix. Nada en el cuarto señalaba el exterior. En realidad, el hecho de que Phoenix estuviera reducido a nada no significaba que dejara de tener peso, del mismo modo que la nada del espacio exterior es una presencia importante para el que está dentro de una nave. Maribel en el centro del living era un astro que hacía gravitar todo alrededor, a mí inclusive. Yo era un gato que parece despreocuparse de su amo, pero que sin embargo también gravita alrededor de éste. Un gato plácido y despreocupado, recorriendo un novedoso desorden, atento a algún detalle de cada objeto, pero sin mezclarse. Yo acababa de terminar el semestre, llegaba el verano, y necesitaba relajarme, y me entregaba con plenitud al mundo de Maribel. En ella misma había algo tranquilo, reflexivo, como una niña ordenando su universo de juguetes. Levantó la mirada y me sonrió, no con la sonrisa de fotografía, sino con una más sincera, íntima. Se veía tan hermosa, y yo la quería tanto. Entonces habló: “Te tengo que pedir un favor”.


Fragmento de “Cartas de Maribel”, del libro Phoenix (Malón, 2009)


guadalupe muro





I

mi nombre es Guadalupe

hace seis meses que no duermo

hago listas toda la noche

escaneo la habitación

como un perro

sin moverme

huelo

el cenicero

la ropa sucia

la tierra húmeda

el cuero de los cinturones, y no encuentro rastros

es que, no dejamos rastros,

solo una foto:


John y Yoko besándose

los miro en la cabecera de mi cama

como nosotros

cuelgan de una chinche


para mañana dejar de

fumar-comer-llorar



VIII

Mi nombre es Guadalupe

todos los días voy a la pileta y mientras nado pienso:

you can control your destiny

se lo escuche decir a coach Dave

el entrenador de natación de los nenes que cuido

él dijo, tengan eso en mente cuando nadan


así que mientras nado pienso


el dijo, ustedes se detienen

el mundo no

el dijo, I want you to keep that in mind when you are swimming…


asi que mientras nado pienso

Yo de verdad hubiera querido que nos amemos para siempre


yo de verdad (braceo) hubiera querido que (braceo/respiro pateo) decidamos que (braceo) comer cada semana (braceo/respiro pateo) en el supermercado (braceo), yo de verdad (braceo/respiro pateo) hubiera querido que (braceo) envejecer juntos fuera como (braceo/ respiro pateo) girar en la cama (braceo) mientras dormimos (braceo/respiro pateo)

yo de verdad hubiera querido que…



XI

Mi nombre es Guadalupe,

hoy recibí una carta, decía

“Querida amiga:

La terraza es una fiesta llena de flores y de antenas parabólicas
y este precipicio al que te estás cayendo desnuda y descalza
esta a los pies de la cima en la que te paraste con tu vestido de reina del mundo
de novia de la primavera
uno no sabe cuánto puede doler un corazón
hasta que el destino te lo hace trapito mojado en la bacha infame del final

no tengo palabras de esperanza
prefiero que te rompas como un parabrisas
que llueva
que haga frio y sople el viento

así se cura un corazón

cuando nos cortamos profundo en la cocina
metemos el dedo en un vaso con azúcar
no se si es un mito urbano o de verdad cicatriza
podrías probar
llenar la bañera
jugar a aguantar la respiración en el blanco mar de los glóbulos rojos
la última vez que te vi
estabas hermosa
quiero pensarte ahora con los ojos en compota de tanto llorar
y quererte así
como una novia de Monzón a la deriva
sin comisarias donde denunciar
sin sillita de mujer golpeada donde sentarte.”

Te adora

R.



XIV

Mi nombre es Guadalupe,

soñaba con irme lejos,

con ver mi reflejo en las arenas rojas del desierto

pero solo conozco un manojo de imágenes rotas

en las que el sol golpea.


de Goodwill, inédito


lara segade




Salí y vi el humo: era blanco y espeso. No olía a asado ni a fogatas, sino a plástico quemado: a catástrofes, a personas gritando. Pero nadie gritaba, el único sonido era el del fuego y las cosas crepitando detrás de la puerta cerrada y cada tanto un golpe, como de algo que se cae cuando se consume lo que lo sostiene. Desde lejos, estirando mucho el brazo, abrí la puerta.

Todo lo de adentro era confuso, salvo el fuego. Pensé muchas cosas mirando el incendio, incluso algunas del todo inútiles. Pensé que el agua no era conveniente para incendios eléctricos. Me reproché muchas veces no tener un matafuegos. Pensé en frazadas, en arena. Volví a pensar en agua y pensé en la canilla de la cocina, en baldes, en el camino más corto. Después de todo eso, vi la manguera, ahí al lado del bañito. Pensé en la posibilidad de que no hubiera agua y también vi, quemándose, los cables y los enchufes. El ventilador había desaparecido. El tiempo se estiraba, todos los pensamientos entraban en él, cómodamente. Avancé hacia la canilla y la abrí.

Escuché el alivio de los materiales bajo el agua, un ruido como de muchos fósforos sumergidos en un balde al mismo tiempo y enseguida supe que iba a poder, sola, controlar el incendio. No pensé más en la electricidad. Seguí tirando agua durante mucho tiempo, por las dudas, pensando que el ruidito ese, como de maderas quebrándose, provenía de pequeños focos que subsistían invisibles, pero no, eran gotones de agua resbalando. En el centro, había quedado una estructura de plástico fundido, integrado con la tierra y con la mesa que sostenía las macetas para que estuvieran más cerca de la lámpara, que se había caído al cortarse las sogas. Las gotas resbalaban sobre otras partes del destrozo: ya no quedaba fuego. Recién ahí noté que se había hecho de noche y que yo estaba a oscuras en el patio, las piernas y los brazos mojados hasta las articulaciones. Se había cortado la luz.

Sentí de nuevo el olor, que seguía propagándose, tal vez desde mí. Levanté entonces el brazo que sostenía la manguera, y sin sacar el dedo, que desde el principio había estado haciendo presión en la punta para esparcir mejor el agua, armé una ducha bajo la que permanecí largo rato, hasta que la ropa y debajo de la ropa el cuerpo, todo estuvo mojado. Y aún después seguí, hasta que la ropa pesara y ya no pudiera absorber más.

Después, pensé en las otras plantas, secas tras un día entero de sol evaporándoles la humedad de la tierra. Ya preparadas para el otoño y sin embargo ese calor. Me alejé del bañito caminando hacia atrás, sin dejar de mirarlo, hasta que llegué a la escalera y subí a la terraza para regar. Desde ahí se sentía todavía algo del olor a plástico quemado que no sé si venía de mí. Pensé en la columna de humo de un rato antes, si la habrían visto desde la vereda o los vecinos del fondo. Me pareció escuchar una sirena y me agaché en el piso, como para que no me vieran desde las otras terrazas, como para no estar si tocaban el timbre. Pero no lo hicieron, no era para nosotros. Tuve miedo, entonces, acurrucada en medio del agua negra que drenaba de todas las macetas y también de mi ropa, justo en el espacio que había ocupado el rosal. Miedo de que alguien que no fuera Diego quisiera venir a ayudarme, de estar sola frente al fuego, de que se propagara por el oxígeno, aunque eso ya había pasado. Tuve miedo de no haber podido apagarlo. Y sobre todo, ahí, en la terraza que está en el medio de la manzana, en el medio de la noche, tuve miedo de Diego. De que no volviera más y me dejara sola en esa casa que nunca había sentido mía, a cargo de sus perras que habían mirado el fuego temblando en la otra punta del patio, de que sin sus plantas ya no tuviera motivos para venir. Y miedo también de que volviera y pudiera ver lo que había quedado, esa masa de plástico fundido sin rastros de la vida que alguna vez hubo, de que me acusara de no haber salvado nada.

Bajé la escalera, volví al patio. En el bañito, algunos azulejos que se habían aflojado con el incendio cayeron al piso y estallaron. Me quedé, de nuevo, parada sin saber bien qué hacer. Sin luz, sin Diego, con ese aire cálido por todas partes que hacía pensar todavía en cosas incandescentes. Pensé en salir un rato. Pensé también en irme y ya no volver. Primero, cerré la puerta del bañito.

La vecina de adelante había sacado una reposera a la vereda y estaba ahí, sentada, tomando mate y mirando pasar a los autos. Me preguntó si estaba todo bien. Le contesté que sí sin detenerme, intentando una sonrisa convincente. Y seguí caminando, bajo el peso de mi ropa, alejándome de la casa, del olor a quemado, dejando con cada paso una huella de agua oscura, un rastro por si Diego quería buscarme. A mis espaldas, escuché que la vecina decía que estaba por llover. Miré el cielo y era cierto: se había puesto rojo y se había hinchado, el rastro no iba a durar.


Fragmento del cuento “Indoor”, inédito


martes 29 de septiembre de 2009

Octava Noche (25/9/2009)